El enigma del Panteón de los Chase: los ataúdes que se movían solos

 Fuerzas sobrenaturales en una cripta caribeña

Si al volver a casa nos encontráramos con que todo está descolocado y revuelto es normal que pensemos que nos han entrado a robar. Pero ¿Qué sucede cuando es una tumba cerrada a cal y canto la que sufre estas “modificaciones”? Algo así sucedió en el Panteón Chase, un pequeño cementerio familiar a orillas del Caribe que recibió algunos de los más misteriosos e intrigantes enigmas del siglo XIX. Ataúdes que cambiaban solos de posición, gemidos salidos de la tierra o huesos que traspasaban los cuatro centímetros de grosor de un nicho de plomo, todo esto compone la macabra historia acontecida en la pequeña isla de Barbados.

Situada en las Antillas menores, Barbados fue colonia inglesa hasta los años 60 del pasado siglo, y como tal mantiene en sus calles y sus gentes un marcado carácter británico. Siguiendo a miles de kilómetros con la tradición de su país, las familias pudientes, propietarias de las muchas plantaciones de azúcar que allí abundan, ordenaban construirse grandes panteones familiares para guardar a sus difuntos, y uno de esos columbarios fue construido por los Walrond. Estos no llegaron a utilizarlo, y al poco tiempo fue vendido a la familia Elliot, emparentada con los Chase.

 

Los Elliot enterraron allí a Thomasinna Goddard, una mujer que había pasado desapercibida durante toda su vida, en un sencillo ataúd de madera. Tras los funerales las tumbas fueron vendidas a una de las familias más odiadas de la isla, los Chase. Esta gente era famosa por sus crímenes y sus maldades, en las cuales el Teniente Chase, padre de familia, tenía siempre un papel predominante, abusando de todas las personas que se hallaban a su alrededor.

 

Al año de la compra se produce la muerte de Mary Anne, la hija menor del Teniente. Sin ningún contratiempo ni sucesos extraños, la pequeña fue enterrada en un pesado ataúd de plomo que tuvieron que cargar cuatro forzudos esclavos, y la cripta fue cerrada hasta nueva orden. Orden que llegó cuatro años después, con la controvertida muerte de Dorcas Chase, hermano mayor de Mary Anne, la cual daría la señal de salida en lo que fueron los macabros misterios que aquí pasaban.

 

El de Dorcas era otro ataúd de plomo, este mucho más pesado por el tamaño del cadáver, para el cual hacían falta lo menos seis personas en cada desplazamiento. Cuando la comitiva funeraria llegó al panteón se encontraron con la macabra sorpresa de que, mientras el sencillo descanso de madera de Tohmasinna se encontraba en su lugar, el de la niña Mary estaba en la esquina opuesta a donde lo habían dejado y volteado hacia abajo. De inmediato los esclavos huyeron despavoridos, achacándolo todo a los espíritus malignos, sin embargo el Teniente Chase les obligó a volver, colocarlo todo como estaba, y dejar el nuevo cuerpo. A su modo de ver algún salteador de mal gusto había decidido gastarle una mala pasada.

 

Transcurrido un mes de los incidentes, al propio Teniente le llegó su hora. Sin embargo nada rara había pasado, todo seguía en su sitio, y se corroboraba así la teoría de los asaltantes. Al enorme peso que el teniente gastaba, casi 200 kilos, se le unió el de la pesada caja de madera que le recubría, que a su vez estaba metida en otro ataúd de plomo. En total casi 400 kilos que apenas podían mover ocho hombres juntos.

 

Cuatro años más tarde falleció un pariente de la familia, un niño llamado Samuel Brewster. La vieja historia de los ataúdes que se movían ya era conocida entre los isleños, y había cierta expectación ante la apertura del panteón. Ciertamente, se cumplieron las expectativas: Todos los féretros se habían movido de sitio, estaban esparcidos por el suelo y boca abajo, ninguno se había librado. De nuevo se culpó a algún grupo de esclavos huidos, se recolocaron y se volvió a sellar la enorme losa de cuatro toneladas que daba entrada al panteón.

 

Meses después otra familia adquirió las tumbas, y uno de sus miembros fue trasladado del cementerio común a la cripta, esta vez con un numeroso grupo de cien personas detrás esperando a ver que se encontraban. De nuevo se habían movido, pero esta vez parecía todo más inquietante: los ataúdes de plomo que pesaban cientos de kilos se encontraban de pie y con la cabeza de los difuntos apuntando al suelo, ya no cabía excusa, harían falta lo menos diez de los hombres más fuertes del caribe para haber llevado a cabo tan arduas tareas, y se inició una minuciosa investigación para averiguar si el panteón tenía alguna entrada secreta.

 

Pero nada se descubrió, albañiles, arquitectos y notarios dieron fe de que no había ninguna entrada ni resquicio más que la pesada y enorme losa de piedra. Los ataúdes volvieron a ser colocados y se cerró todo hasta tres años después, cuando la muerte de Thomasina Clarke obligo a su reapertura. Para aquel entonces el mito había llegado incluso a Europa, despertando pasiones allá donde sonaba. La señora Clarke apenas había destacado durante su vida, pero su funeral fue de los más concurridos del momento. Toda clase de personalidades, incluido el gobernador de la isla, Vizconde Combermere, asistieron al sepelio, con la esperanza de ver con sus propios ojos el objeto de tantas habladurías. De nuevo la tumba no defraudó a nadie.

 

Descolocados, de pie, boca abajo… los ataudes habían sido movidos y todo indicaba a que nada ni nadie había podido entrar allí. En esta ocasión el inteligente gobernador decidió tomar medidas: se hizo una nueva revisión de la estructura, que volvió a demostrar que no había más entrada posible, se cubrió el suelo de arena para que los supuestos bandidos dejaran sus huellas, y se esparcieron joyas por el suelo para tentarlos y demostrar que era obra de personas. Por último, se quitó la enorme losa de piedra y se selló la entrada con cemento, cambiando la cerradura y dejando el sello personal del Vizconde como garantía de que nadie había entrado allí.

 

Años después, en 1820, un nuevo cadáver reclamó la apertura, y de nuevo se gestaron grandes expectativas respecto al panteón. No era para menos, habían sido tantas las decisiones tomadas que no se esperaba que pasase lo mismo, pero pasó. Visto desde el exterior que tanto el sello, como el cemento y la nueva cerradura estaban intactos, se procedió a abrirlo, pero fue imposible. Alguna fuerza parecía impedir la apertura desde el interior, y cuando al final lograron moverla, se encontraron con una gran sorpresa: el pesado féretro de casi 500 kilos del Teniente Chase estaba atrancando la puerta. Los nichos estaban todos revueltos, al igual que los ataúdes, pero la arena del suelo permanecía intacta, incorrupta, y junto con ellas las joyas que habían dejado.

 

El pánico se apoderó de los presentes de una manera tal, que se sacaron todos los cuerpos, se les enterró en un cementerio común, y se procedió a dejar el panteón vacío y abierto. Y así ha seguido hasta nuestros días, convirtiéndose en uno de los mayores reclamos turísticos de la isla. Desde luego historia tiene, y aunque no se han vuelto a conocer un caso similar, cientos de científicos e investigadores de misterios han centrado su atención en esta cripta a orillas del mar Caribe. Cada cual que saque su conclusión ¡Hasta mañana amigos!

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